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¿Volverán los besos y los abrazos?

Hrecheniuk Oleksii / Shutterstock

Ramón Ortega Lozano, Universidad Nebrija y Ana Carballal Broome, Universidad Nebrija

La Organización Mundial de la Salud define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social (…)”. A su vez, la enfermedad también cuenta con tres dimensiones. Esta triada, introducida por primera vez por Andrew Twaddle (1967), suele exponerse a partir de términos extraídos del inglés:

  1. Disease es la dimensión biomédica de la enfermedad. Consiste en el diagnóstico, pronóstico, tratamiento, etiología, etc. de alguna patología.

  2. Illness es la parte subjetiva o narrativa del paciente, la que se refiere al padecimiento individual. Desde los síntomas que sufrimos, hasta lo que la enfermedad implica para nosotros como, por ejemplo, un sentimiento de fragilidad, tristeza, miedo o desamparo.

  3. Sickness es la dimensión social de la patología. Se refiere a la visión que la sociedad tiene sobre una enfermedad. Aquí podemos hablar de aspectos administrativos, como puede ser una baja médica; de otras implicaciones sociales, como la solidaridad o el rechazo que la enfermedad supone o, incluso, de particularidades culturales.

En el ámbito de la antropología de la salud, incluso en nuestro idioma, suelen usarse estos términos en inglés. Una propuesta podría ser hablar de patología (parte biomédica), padecimiento (parte narrativa del paciente) y enfermedad (lo social), pero no es tan claro y resulta más sencillo acudir a la terminología anglosajona.

La actual pandemia COVID-19 pone de relieve la importancia de la dimensión social. Existe una serie de restricciones y recomendaciones que la población mundial en general debe seguir. Como consecuencia del virus nos hemos visto obligados, contagiados o no, a vivir en confinamiento y a mantener un distanciamiento personal, es decir, no podemos ni reunirnos, ni acercarnos a otras personas.

Junto a esta situación se pueden analizar aspectos relacionados con las diferencias culturales. Por ejemplo, ¿podemos suponer que todas las culturas están experimentando este distanciamiento personal de igual manera? ¿Qué puede significar para algunas culturas no poder acercarse o tocar a otras personas?

Manteniendo la distancia

El antropólogo estadounidense Edward T. Hall acuñó el término proxemia o proxémica para definir el uso del espacio en las interacciones humanas. El estudio de la proxemia incluye el espacio personal que hace referencia a la mayor o menor distancia con la que nos sentimos cómodos al relacionarnos unos con otros.

Se trata de una esfera invisible que buscamos proteger para no sentirnos invadidos. Es decir, el espacio que un individuo “reclama” inconscientemente como suyo, ya sea de manera permanente o temporal.

De esta forma, a través de la distancia, transmitimos de manera no verbal nuestras costumbres y el tipo de relación que tenemos con otras personas.

Diversos estudios científicos han avalado las teorías de Hall, demostrando que existen notables diferencias culturales con respecto al espacio personal. En Latinoamérica, el Medio Oriente y las culturas mediterráneas, por ejemplo, la gente se suele sentir cómoda con distancias más cortas que en el norte y centro de Europa o en Norteamérica, donde un acercamiento mayor puede provocar incomodidad o incluso ansiedad.

Diversidad en el contacto físico

Además, en determinadas culturas también el contacto físico es más habitual que en otras. Desde la manera de saludarse, que puede incluir besos o abrazos, hasta el grado de aceptación que tiene tocar el brazo o el hombro de alguien durante una conversación.

Es decir, cómo, cuándo, a quién y en qué circunstancias se puede tocar a otra persona varía mucho entre culturas. En algunas, como la mexicana, se acostumbra a saludar con un apretón de manos (a los hombres) y un beso (a las mujeres). Esta práctica se repite cada vez que te encuentras con alguien, aunque sea varias veces en el mismo día, o cuando te presentan a una persona.

Sin embargo, en la cultura estadounidense los besos no forman parte del saludo habitual y mucho menos si se trata de desconocidos. En algunas culturas asiáticas una reverencia o leve inclinación (dependiendo de las culturas) es más frecuente y mantiene la distancia evitando el contacto físico.

En España una persona con un resfriado no siempre advierte a otra que no puede saludar con dos besos porque está enferma. Cuando lo hace es habitual que, por una norma de cortesía o por no quedar mal, la otra persona le conteste que no le importa y acto seguido le plante dos besos.

La proxemia en tiempos de coronavirus

Dicho esto, y considerando las circunstancias en las que nos encontramos, surgen interesantes reflexiones sobre las diferencias culturales que existen con respecto a la distancia personal y el contacto físico, y las consecuencias futuras que esta enfermedad pueda traer consigo. Cabe preguntarse si en países como España, donde la distancia personal es relativamente pequeña y el contacto físico bastante habitual, esta pandemia va a afectar en el largo plazo a la forma de relacionarnos.

Una vez contenida la pandemia (previo paso por un periodo de transición) es de suponer que querremos volver a nuestras costumbres y hábitos anteriores. Así pues, en España, donde ya hablamos de la necesidad de abrazarnos en cuanto todo esto pase, parece lógico que el contacto físico y el distanciamiento personal que hemos visto suprimido en los últimos tiempos se recupere.

No obstante, a pesar de que los valores son relativamente estables, los comportamientos pueden cambiar provocados por una determinada coyuntura. ¿Será este el caso en la cultura española?

Como se ha visto, las enfermedades tienes una repercusión social. Las pautas sociales, como puede ser el canon de belleza, fomenta psicopatologías como la anorexia o la bulimia. A su vez, la historia nos presenta algunos ejemplos de cambios en hábitos, costumbres y visiones del mundo. Desde la purificación del agua (hirviéndola antes de ingerirla) debido a las epidemias de cólera en países de Latinoamérica y África, hasta la aparición hace menos de cuarenta años del VIH que cambió la manera de concebir las relaciones sexuales de las generaciones siguientes. ¿Seremos testigos, por tanto, de un cambio cultural o volveremos a acercarnos, abrazarnos y besarnos con conocidos y desconocidos como veníamos haciendo?

Aunque es atrevido dar una respuesta, todo parece indicar que querremos recuperar esa distancia perdida. Volverán los abrazos y los besos, pero también es posible que, cuando una persona te diga “no te saludo que estoy resfriado”, a partir de ahora le tomemos la palabra.The Conversation

Ramón Ortega Lozano, Profesor de Antropología de la salud y Comunicación humana en la Facultad de Ciencias de la Salud San Rafael-Nebrija, Universidad Nebrija y Ana Carballal Broome, Profesora de Comunicación Intercultural, Competencias profesionales para entornos internacionales y multiculturales, Universidad Nebrija

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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